Tres siglos de artesanía, ciencia y técnica al ritmo de los relojes del Congreso

Tres siglos de artesanía, ciencia y técnica al ritmo de los relojes del Congreso

Más que objetos decorativos, los relojes son esos elementos presentes en cada estancia de los edificios parlamentarios, en unos casos con gran presencia y en otros prácticamente inadvertidos, silenciosos o con llamativas sonerías. Elementos imprescindibles para saber el momento exacto de inicio y fin de las reuniones, controlar la duración de las intervenciones y, aún hoy, servir de referencia para hacer constar las horas y los minutos en los diarios de sesiones.

Los relojes del Congreso son punto de encuentro del trabajo de relojeros, ebanistas, joyeros, constructores de esferas y de agujas. Conocer sus detalles nos permite realizar un recorrido por la historia de nuestro país, percibir la evolución de los propios usos y costumbres parlamentarios y ser testigos del modo en el que, a lo largo de más de tres siglos, se han conjugado  arte, ciencia, técnica y sabiduría relojera.

 

Nos lo cuenta José Daniel Barquero, presidente del Museo Internacional de Alta Relojería de Bolsillo y el autor del libro ‘Los relojes del Congreso’, obra en la que nos explica detalladamente la colección de relojes que conserva la Cámara Baja y que se conforma como “la colección más representativa de relojería de España”.

En este post recorremos de su mano y al ritmo de las agujas del minutero esta colección en la que encontramos relojes de los siglos XVIII, XIX y del XX, de cuerda, de sobremesa, realizados por maestros premiados por encontrar la precisión horaria e incluso relojeros espías que se llegaron a infiltrar en los lobbies del Congreso.

Primera parada: el reloj astronómico

En el Escritorio del Reloj del Palacio de la Carrera de San Jerónimo, una de las paradas, junto al Salón de Sesiones, más apreciadas por quienes visitan el Congreso de los Diputados, nos detenemos ante  un gran reloj de péndulo con caja de caoba construido en 1857. Se trata del reloj astronómico, “una de las piezas más emblemáticas del maestro relojero Alberto Billeter.

“Este reloj es punto de encuentro de la ciencia al más alto nivel”

En la llamativa esfera de su cuerpo superior queda representada la posición de la Tierra, la Luna y el Sol. El reloj astronómico señala además la estación en la que nos encontramos y la situación de los planetas.

Su cuerpo central está formado por múltiples esferas, en las que se informa de la hora en 20 meridianos, se muestra un “calendario perpetuo” y se registran datos como la temperatura y la humedad.

Una curiosidad: los signos zodiacales aparecen alrededor de la gran esfera central en cristal traslúcido que en su día, cuando aún funcionaba la corriente eléctrica de 125 para la que se preparó esta maquinaria, se iluminaba produciendo un efecto de luz azul cobalto.

Esfera del Reloj Astronómico

 

La maquinaria de este reloj está alojada en una gran caja tallada en madera de palo santo y profusamente decorada con incrustaciones de nácar y metales, fruto del trabajo del ebanista Moragas.

Los relojes de la Sala Rosa y del Hemiciclo

Uno de los relojes más antiguos que custodia el Congreso “es un reloj joya de la saga de maestros relojeros Le Roy ubicados en París”.

Este reloj representa el cuerno de la abundancia y está provisto de una esfera en esmalte sobre cobre convexo con enumeración romana.

En origen, simulaba un reloj producido en un gran bloque de oro, un llamativo efecto que se conseguía, nos explica José Daniel Barquero, pavonándolo con una amalgama compuesta de oro molido con mercurio. Un compuesto que, “al ponerse a altas temperaturas, evaporaba el mercurio y quedaba el oro impregnado simulando un lingote de oro”, nos explica José Daniel.

Estas emanaciones de mercurio provocaban graves daños a quienes trabajaban esta técnica, que solían morir muy jóvenes, motivo por el que llegó a creerse que el oficio de relojero era una profesión maldita.

Pero este no es el único reloj francés que conserva el Congreso. De hecho, en la Dirección de Estudios y Publicaciones de la Cámara nos encontramos con otro reloj de sobremesa que homenajea al león Hipómenes, felino que, junto a su pareja, Atalanta, protagoniza una trágica historia de la mitología griega.

Continuando el camino de José Daniel llegamos a la Sala de la Reina, donde podemos admirar el antiguo reloj del Hemiciclo. Se trata del reloj French Royal Exchange. Está lacado en blanco, tiene un péndulo en latón dorado e interpreta su sonería a horas y a medias.

Su esfera muestra una enumeración romana en esmalte negro. Si observamos los números podemos comprobar que el número cuatro ha sido dispuesto en este reloj con cuatro barras (IIII) en lugar de ser representado con una y una v (IV), la forma natural del cuatro en números romanos. Esta forma de representar la cifra no es casual, nos explica Daniel.

“Nos permite ver la hora sin temor a equivocarse, ya que, si la minutero tapara la barra que está delante del número cinco, el de la V, la gente podría pensar que son las cinco de la tarde, cuando en vez son las cuatro”.

Además, representarlo con cuatro barras facilita su comprensión ya que se lee igual tanto de derecha a izquierda como de arriba abajo.

En Europa “pocos relojes hay de madera de pared de este tamaño tan descomunal. Su esfera es del tamaño de la rueda de un reloj”. Su gran tamaño responde a la necesidad de que fuese visto desde cualquier escaño del Hemiciclo.

De hecho, es el primer reloj del que se tiene constancia documentada, a través de grabados y de los inicios de la fotografía, el que aparece este reloj perfectamente encastado en el Hemiciclo, siendo testigo mudo de la historia política de España.

Salón de Sesiones del Congreso de los Diputados

Este reloj fue sustituido por el reloj Jacob Kienzle, adquirido por el Congreso de los Diputados y que fue diseñado en los años 70 del pasado siglo para tener una hora “precisa y exacta”, precisión horaria que a través del cuarzo se conseguía sin necesidad de dar cuerda al reloj y con una autonomía de cuatro, cinco meses.

El diseño de la esfera se realizó en blanco para mejorar el contraste y asegurar una buena visibilidad prácticamente desde todo el arco del Salón de Sesiones. Situado en el centro del Hemiciclo, a los pies de la tribuna de honor situada frente a la Presidencia, este reloj ha sido y sigue siendo testigo y guía de los debates y sesiones solemnes que acoge la sede de las Cortes Generales.

 

Un espía en el Congreso

Carlos Coppel llegó a Madrid como un afamado relojero de origen alemán. Tenía en la capital una importante relojería para la que desarrolló una inteligente campaña publicitaria en la prensa de la época que le permitió cosechar la fama que requería acometer sus proyectos. Consiguió así ganarse la confianza del clero y la nobleza, haciendo de las familias de la alta sociedad sus principales clientes.

Anuncio en un periódico de los relojes de Coppel

Pero detrás de este relojero hay también una historia de espías. Y es que Coppel fue espía del segundo Reich alemán. Una vez que lograba vender e instalar sus relojes, y con la excusa de realizar periódicamente su mantenimiento, se introdujo en domicilios y palacios, también en el Congreso de los Diputados, no explica José Daniel.

El recorrido por los relojes del Congreso lo terminamos en el Salón de Pasos, donde descubrimos otro importante reloj del siglo XX de Jacob Kienzle. Tuvo otros antecesores que funcionaban a cuerda, pero dada la complejidad y peligrosidad de realizar esta acción prácticamente a diario, por la gran altura de la puerta sobre la que está instalado, se decidió sustituirlo por otro, también de cuarzo, del mismo maestro relojero que firma el del Hemiciclo.

Los ritmos de la Cámara Baja, sus idas y venidas, y la vida e historia parlamentaria han estado, están y estarán bailando al son de esta valiosa colección de relojes que hoy hemos conocido un poco más gracias a José Daniel. Os invitamos a descubrirla.

El libro ‘Los relojes del Congreso

Jose Daniel
Barquero Cabrero

2021, 569 págs.
(Tapa dura)

ISBN:
978-84-7943-558-5

Los relojes del Congreso de los Diputados’ detalla de forma minuciosa los orígenes, el funcionamiento y la belleza de los relojes adquiridos por el Parlamento a lo largo de los siglos XVIII, XIX y XX.

En el prólogo de la obra su autor destaca como misión fundamental de la misma “la difusión del conocimiento artístico de los relojes del Congreso y por supuesto un compromiso con la cultura el arte y las antigüedades de nuestro propio patrimonio y país.”

“Es mi deseo el poder plasmar con exactitud, una acción tan simple como lo es la de mirar el reloj mientras andas por el Congreso y consultar su hora en sus numerosas estancias, es tan aparente y trivial y es tan repetida, pero que, sin embargo, nos impone la conciencia sobre el ritmo de nuestra propia existencia. Todo ello, fruto de un largo trayecto repleto de investigaciones, cálculos y capacidad científica y creativa en la que han participado antes de darnos esa hora distintas ciencias e investigadores a lo largo de la historia”.

El libro se inicia presentando, de forma cronológica, las fichas de cada reloj, dotadas de las características técnicas en cuanto a su historia, autoría, maquinaria, tipo de esferas y agujas, entre otros aspectos.

Además, la obra muestra numerosas fotografías que no solo permiten contemplar cada pieza relojera, sino también los lugares en los que estas joyas se conservan: despachos, salas y pasillos del Congreso que, ya en sí mismos, son estancias con mucha historia y valor artístico.

‘Los relojes del Congreso de los Diputados’, con una introducción redactada por la presidenta del Congreso de los Diputados, Meritxell Batet, es, en definitiva, un análisis documental de la Ciencia Relojera y la medición del tiempo, necesidad que existe “desde que se tiene constancia por parte del ser humano de la importancia del mismo”.

“Estamos focalizados en la conciliación y la corresponsabilidad” en el marco de la igualdad

“Estamos focalizados en la conciliación y la corresponsabilidad” en el marco de la igualdad

La igualdad entre hombres y mujeres y la eliminación de todo tipo de discriminación por razón de género es un objetivo por el que trabajar todos los días.

No obstante, el 8 de marzo visibiliza este compromiso, una fecha que ya fue declarada en 1975 por Naciones Unidas y que responde “a una efeméride que tuvo lugar en 1857 en plena Revolución Industrial” tras la “reivindicación de las mujeres de Nueva York por unos horarios más racionales”, explica Sara Sieira, jefa del Departamento de Igualdad, Prevención y Salud Laboral del Congreso de los Diputados.

La  también letrada de la Cámara nos explica cómo el Parlamento se suma a estos actos que tienen por finalidad conseguir “la igualdad real y efectiva de la mujer en el mundo profesional”.

Y para ello, las Cámaras cuentan con el Plan de Igualdad de las Cortes Generales, que nació hace ya dos años con un claro objetivo: “la igualdad de hombres y mujeres, de todos los compañeros y compañeras que conformamos la administración parlamentaria”.

Este Plan, explica Sieira, tiene, además de unos objetivos claros y concisos, “un mecanismo de control”, una comisión de seguimiento que analiza e informa sobre cómo se van cumpliendo los indicadores del Plan de Igualdad.

De acuerdo con el primer informe anual, un 30% de los indicadores ya se han cumplido. “Es un tercio lo que se ha conseguido en el primer año de vigencia del plan y, actualmente, en este segundo año de vigencia, podemos asegurar que hemos conseguido cosas muy importantes”. “Estamos focalizándonos sobre todo en la cuestión de la conciliación y la corresponsabilidad”.

En este vídeo, la responsable del departamento de Igualdad del Congreso nos detalla también otros aspectos del Plan, como el protocolo de protección a las víctimas de violencia de género, acoso sexual o laboral así como los retos que se deben afrontar.

Sara Sieira Jefa del Departamento de Igualdad del Congreso
Cambio y corto

Cambio y corto

¡ Oiga desde su casa las Cortes!

Subimos a la tribuna de Prensa de las Cortes. Nos encontramos en los años 30 del pasado siglo. Desde lo alto del Salón de Sesiones ocupamos un asiento junto a otros colegas de profesión que están comenzando, tímidamente, a contar qué ocurre en el Parlamento. Desde dentro hacia fuera.

Los cronistas parlamentarios, profesión que surge en los albores del propio parlamentarismo, narran las sesiones plenarias en los diarios de la época y en las primeras emisiones de radio, un nuevo medio que comienza a despegar y que sumergiría al papel en un segundo plano.

La radio fue clave en el período de entreguerras, una etapa en la que este medio experimentó una gran expansión y desarrollo, tanto en avances tecnológicos como en lo que respecta a sus contenidos y desarrollo de recursos expresivos propios.

La estación pionera en España fue EAJ-1 Radio Barcelona, pero las primeras emisoras radiofónicas corrieron a cargo de Radio Ibérica Madrid, entre 1923 y 1924. Si bien, se considera que, dado a sus irregularidades en lo que a continuidad se refiere, el nacimiento de la radio en nuestro país se sitúa con Unión Radio, que se inauguró en 1925.

Esta emisora se convertiría en la primera cadena de radio española que, además, poco a poco iría transformando el panorama radiofónico en un monopolio que cambiaría con el estallido de la Guerra Civil en España.

Desde sus orígenes, la radio en España se había organizado sobre la base de la iniciativa privada, con emisoras que funcionaban mediante concesiones del Estado. En 1935, a través del Reglamento del Servicio Nacional de Radiodifusión, quedó establecido un sistema mixto: convivencia entre una red estatal y una red de concesiones del Estado, Unión Radio, cuya red abarcaba todo el territorio nacional.

En 1937 nace Radio Nacional en Salamanca, que toma como modelo las radios estatales de Alemania e Italia. También proliferaban las emisoras privadas como las EAJ, procedentes ya de 1924, la COPE y la SER, heredera esta última de Unión Radio.

Meses después del final de la Guerra Civil, Franco y Serrano Suñer consideraron que la Ley de Prensa de 1938 era insuficiente para el sistema radiofonista español. Por ello, publicaron la Orden del 6 de octubre de 1939 con la que proclamaban la censura previa para la radio y otorgaban el monopolio informativo a la radio estatal.

Ya a mediados de los 60 la radio en España desarrolla una etapa de máximo esplendor gracias a los espectáculos, concursos, asistencia del público a los estudios, discos y canciones dedicadas y el auge de los programas deportivos.

Con la implantación de la televisión, la radio se sumerge en una gran crisis que permanecerá hasta la democracia, cuando llega la plena libertad informativa.

La radio en esta etapa es un medio de comunicación cada vez más personalizado y la información se centra en los problemas próximos a la audiencia. Es una radio de noticias y compañía que busca también la especialización por audiencias para hacer frente a la competencia de la televisión.

Durante estos años las medidas legislativas en lo relativo a la prensa avanzaron, pero no hicieron desaparecer el “minifundismo” de la radio española. En 1966 existían 26 emisoras que emitían sólo en Onda Media, 89 que lo hacían únicamente en FM, y 150 que emitían tanto en AM como en FM.

A partir de los años 70, la radio sufre una importante transformación por la expansión de la Frecuencia Modulada.

Las primeras emisiones en estéreo son de Radio Nacional de España, en 1974. Además, en 1970 la radio pública pone en marcha una red comercial, con la inclusión de publicidad, de siete emisoras, bajo la denominación común de Radio Peninsular.

La emisora de FM de la Cadena SER se convierte en primer ejemplo de “radio-fórmula” de la radiodifusión española.

La evolución de los últimos años del franquismo permitió que la radio española llegara a la transición democrática con un grado de madurez y desarrollo más que suficiente para afrontar la nueva realidad y desempeñar en ella un papel destacado.

La Noche de los Transistores

Volvemos a la Tribuna de Prensa del Congreso de los Diputados. Son muchos más los periodistas que se encuentran en este espacio reservado para plumillas. Unos con libretas, otros con micrófono en mano. Estamos en plena Transición y esta estampa es la habitual en el Parlamento, especialmente cuando se celebran las sesiones plenarias.

Los cronistas de la Transición fueron el reflejo mismo del aperturismo informativo. Y la radio experimentó aquí su gran auge. El entretenimiento que se disfrazaba con radionovelas, concursos y música dio paso a la información política, tan necesaria tras la llegada de la liberalización de los medios privados y los primeros años de la democracia en nuestro país.  La radio, pues, formaba e informaba a los españoles.

Las ondas recogían los grandes debates parlamentarios y narraron en esta época sesiones de investidura, la aprobación de nuestra Constitución y otras votaciones históricas con el ritmo vertiginoso y cercano que caracteriza tanto a la radio como a los profesionales de este medio.

Y llegó el 23 de febrero de 1981 y con él un intento de golpe de Estado que provocaría un punto de inflexión en nuestra historia más reciente. Ese día la radio se convirtió en el gran altavoz que narraba lo que sucedía en el Congreso de los Diputados. Y así lo hizo durante más de veinte horas dando origen a la Noche de los Transistores.

El equipo de informadores de La SER durante el intento de golpe de Estado

Sobre la Unidad Móvil de la SER, varios periodistas de la SER informan en directo. De izquierda a derecha: Rafael Luis Díaz, Antonio Jiménez, José María Alfageme (detrás, casi tapado, Fernando González), José María García y Paco Núñez. Archivo Documental de la SER.

Así, «gracias al trabajo de los periodistas, técnicos y responsables de la SER, que decidieron desviar esa señal hacia un destartalado estudio de grabación, la radio se convirtió esa noche en el medio de referencia», tal y como explica la propia cadena de radio: «No se podía emitir en directo lo que ocurría en el Hemiciclo pero esa señal de audio que Mariano Revilla dejó abierta con toda la intención, sirvió para que la radio viviera su noche más intensa en la madrugada del 23 al 24 de febrero de 1981: La Noche de los Transistores»

A partir de los 80 este medio de comunicación evoluciona, se digitaliza, se abaratan costes. Y en los últimos años del siglo 20 se produce un incremento exponencial de emisores, una concentración de cadenas y la integración de estas en grupos multimedia.

La radio reinventada    

La estampa en la Tribuna de Prensa de la Cámara Baja continúa con periodistas curiosos que observan los movimientos y discursos de los parlamentarios. Pero hoy la libreta ha sido sustituida por la tableta y la grabadora por el móvil, herramientas que no solo sirven para escribir o contar qué sucede, si no también para poder observar las propias sesiones plenarias que el Congreso emite en directo a través de sus medios sociales.

Y es que con la llegada y la fase de maduración de internet aparecen también nuevas formas de comunicar y comunicarse. Las audiencias se fragmentan y los géneros – e incluso los medios – se diluyen. Sus barreras ya no son tan claras y ya no es tan necesario estar pendiente del reloj para llegar al boletín informativo de mediodía. Ahora podemos, bajo demanda, buscar el podcast del matinal que nos interesa o transmitir en directo desde cualquier punto. Ahora basta un micrófono para contar desde dentro o desde fuera lo que sucede.

Señala la UNESCO que, para la aparición del podcast, de la otra forma de hacer y ser radio, solo bastaron dos cambios: uno tecnológico y otro cultural. Así, y desde la llegada del nuevo siglo, este género ha evolucionado, adoptando múltiples formatos. Al igual que los periodistas, quienes maduraron su forma de trabajar adaptándola a la propia evolución de la tecnología.

Solo un elemento ha permanecido intacto en este viaje tecnológico: la fuerza de la voz, la gran protagonista de este medio de comunicación.

 

“La aprobación del voto femenino en España se enmarca en un movimiento global”

“La aprobación del voto femenino en España se enmarca en un movimiento global”

En esta entrevista, analizamos con Yolanda Gómez, catedrática de Derecho Constitucional y directora del Centro de Estudios Políticos y Constitucionales el proceso de aprobación del voto femenino en España, el aumento de la participación política de la mujer que se produjo durante la Segunda República y los avances hacia la igualdad entre hombres y mujeres.

Las únicas diputadas que ocupaban escaño en las Cortes Constituyentes de 1931 cuando se debatió el sufragio femenino se enfrentaron a la hora de reconocer el derecho de voto a las mujeres.  No obstante, como afirma la directora del Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, estas mujeres procedían del activismo feminista y pese a su enfrentamiento en el Hemiciclo compartían más de los que las separaba.

 

Un movimiento global

La aprobación del sufragio femenino en España se enmarca en un movimiento global en el que países de todo el mundo iban reconociendo el derecho al voto de las mujeres y que tiene como punto de partida la Convención de Séneca Falls, celebrada en Nueva York en 1848, momento de extensión internacional de la reivindicación del sufragio y de otros derechos de las mujeres.

Si bien en la historia española se encuentran precedentes desde el Cantón de Cartagena en 1873, sólo se puede hablar de una verdadera universalización del sufragio durante la Segunda República, cuando “aparece con toda su intensidad”, siendo la sesión parlamentaria del 1 de octubre -en la que se aprueba definitivamente el artículo 36 que establece el voto femenino- “uno de los debates más importantes” en la elaboración de la Constitución de 1931.

Si bien en la historia española se encuentran precedentes desde el Cantón de Cartagena en 1873, sólo se puede hablar de una verdadera universalización del sufragio durante la Segunda República

Ese debate enfrentó a las dos únicas parlamentarias presentes en aquel momento en la Cámara: Clara Campoamor y Victoria Kent, ya que la tercera diputada de esa Legislatura Constituyente, Margarita Nelken, tomó posesión de su escaño a finales de 1931. Gómez señala que la representación femenina fue “cuantitativamente muy pequeña”, tres en una Cámara de unos 470 miembros, pero cualitativamente destacable, ya que eran mujeres cuya trayectoria política iba precedida de una importante carrera profesional, dos abogadas y una periodista.

En su opinión, a pesar de que esta situación es “consustancial al momento histórico e incluso muy semejante a lo que parece estaba sucediendo en otros países”, estas dos mujeres no pueden considerarse representativas de la población media femenina. Por ello, la llegada de las primeras diputadas a Cortes fue vista por sus colegas como una excepción, no como la incorporación de la mujer a la vida política, sino como el  de una élite.

 

El debate del 1 de octubre

El debate entre Clara Campoamor y Vitoria Kent ha pasado a la historia no solo por la repercusión jurídica de una sesión que culminaba en la votación y aprobación del sufragio femenino, sino también por las implicaciones, de carácter social y personal para para sus dos protagonistas.

Si bien el voto de la mujer había sido aprobado por la comisión redactora de la Constitución, el debate en Pleno enfrenta a unas fuerzas políticas muy dividas, con una derecha favorable a la concesión del voto porque consideran que es un “voto conservador”, y una izquierda que “no es mayoritariamente favorable” a su concesión a corto plazo, por la misma razón. Se produce así una situación paradójica porque las fuerzas progresistas habían sido defensoras del mismo.

Campoamor y Kent “tuvieron que enfrentarse cuando no estaban enfrentadas en la vida real”, “el voto femenino abrió una grieta entre ellas”. Campoamor se enfrentó incluso a su propio partido y defendió sin ambages el reconocimiento del derecho al voto, mientras que Kent defendía “no tanto que hubiera que negar el voto a la mujer, sino que había que demorarlo” hasta “épocas más favorables”.

Campoamor y Kent “tuvieron que enfrentarse cuando no estaban enfrentadas en la vida real”, “el voto femenino abrió una grieta entre ellas”.

Como quedó recogido en el Diario de Sesiones, Campoamor dijo que defendía “una postura coherente con sus propias convicciones”, mientras que en Kent prevaleció la posición de la fuerza política a la que pertenecía y reconocía que “renunciaba a un ideal”.

 

Un coste político

Como ya hemos apuntado, la aprobación del voto tuvo consecuencias personales para sus protagonistas. Clara Campoamor, y así lo reconoce en su obra, “se vació como persona, se vació como activista”, y prácticamente puso fin a su trayectoria política. Si bien volvió a presentarse a las elecciones de 1933, las primeras en las que podían votar las mujeres, no obtuvo escaño. Lo mismo le ocurrió a Victoria Kent. Sin embargo, la tercera diputada de aquellas Cortes Constituyentes Margarita Nelken, sí revalidó su acta tanto en 1933, cuando ganaron los partidos de derechas, como en 1936, cuando salió victorioso el Frente Popular.

 

Participación política de la mujer

Durante la Segunda República se impulsó la participación política de la mujer. Si bien, en el número de diputadas no aumentó de modo significativo (en total ocho mujeres) ocuparon el escaño entre 1931 y 1936, todas “personas que venían o de una militancia política muy significada o bien de la militancia profesional o feminista”.

Sí se amplía cuantitativamente “la adscripción de mujeres a partidos políticos y sindicatos”. Así, aunque la representación siga siendo escasa, “tanto los que llegan a la Cámara como aquellas otras que se quedan en la militancia” amplían el espectro social de participación de la mujer. Y estos cambios cuantitativos implican cambios cualitativos: empiezan a ocupar determinados cargos en la Administración y se les permite, por ejemplo, acceder a oposiciones que estaban vedadas en otros tiempos.

La legislación del Derecho de familia o de propiedad “era muy restrictiva para las mujeres”; y se centraron en modificar estos asunto y otros como la situación de los hijos ilegítimos o la protección de la maternidad.

En las Cámaras, aquellas mujeres que alcanzaron el escaño se especializaron en asuntos que eran fiel reflejo de su trayectoria profesional previa, y fundamentalmente trabajaron en cambiar la legislación civil. La legislación del Derecho de familia o de propiedad “era muy restrictiva para las mujeres”; y se centraron en modificar estos asunto y otros como la situación de los hijos ilegítimos o la protección de la maternidad. Y también en otras materias como el derecho de reunión o la igualdad de salarial entre mujeres y hombres.

No obstante, la Segunda República “fue una isla” y la guerra civil truncó tanto la trayectoria política de todas estas mujeres, como efectivamente el derecho del voto, de todos los españoles, y los avances en igualdad entre el hombre y la mujer que se habían producido, añade.

 

El regreso de la Democracia

Con la llegada de la democracia no hay ninguna discusión sobre el sufragio femenino. Ya pudieron votar en el referéndum sobre la Ley para la Reforma Política, que dio paso al proceso constituyente y, por supuesto, en las elecciones del 15 de junio de 1977, de las que emanaron las Cortes Constituyentes. Tampoco se cuestionó, como en 1931, que se tratara de un voto conservador: los estudios electorales de la época muestran un voto plural, repartido por todo el espectro ideológico.

No obstante, vuelve a haber una representación cuantitativa “muy pequeña”, ya que solo 27 mujeres formaron parte del Congreso y el Senado en aquella legislatura que redactó la Constitución. Esta situación sí ha ido cambiando y hoy nos acercamos a una representación muy igualada entre hombres y mujeres presentes en el Parlamento.

Y lo mismo ha ocurrido con la sociedad en general. En estas décadas “sin duda ninguna se ha producido una integración total de la mujer en la vida social y en la vida política”, aunque haya aspectos que puedan ser mejorados. “La igualdad total no se ha conseguido, hay que seguir trabajando cotidianamente” y “no bajar la guardia porque se retrocede”.

Gómez concluye asegurando que “los avances son innegables” , lo que “es positivo y creo que hay que felicitarse por ello”.

 

“Sin presencia de mujeres, las cosas no habrían sido iguales” en las Cortes de 1931

“Sin presencia de mujeres, las cosas no habrían sido iguales” en las Cortes de 1931

Itziar Gómez,  letrada del Tribunal Constitucional

La aprobación del voto femenino en 1931 fue un punto de inflexión en el camino hacia la igualdad jurídica entre hombres y mujeres en España. Pero el Congreso de la II República también modificó el ordenamiento jurídico en aras de una mayor igualdad jurídica. Itziar Gómez, letrada del Tribunal Constitucional y profesora de Derecho Constitucional, nos guía en ese proceso que comenzó antes de la aprobación de la Constitución de 1931 y se prolongó en las legislaturas siguientes.

Para convocar las Cortes Constituyentes, el Gobierno provisional actualiza la ley electoral vigente, la Ley Maura de 1907. Lo hace a través del Decreto de 8 de mayo de 1931, cuya finalidad, apunta Gómez, es “romper con la dinámica caciquil”.

Se instauran las circunscripciones provinciales plurinominales, el sufragio activo se amplía a los varones mayores de 23 años y el sufragio pasivo, es decir, el derecho a ser elegible, a las mujeres y a los sacerdotes, una circunstancia que fue definida por Clara Campoamor como “curiosa amalgama”.

Las consecuencias: seis mujeres fueron candidatas en las listas electorales y dos, Clara Campoamor y Victoria Kent, obtuvieron escaño en un Congreso que tenía el propósito de elaborar una nueva Constitución y de modernizar el ordenamiento jurídico vigente. Hubiera sido “muy poco comprensible” que en la transición al régimen republicano “ni siquiera hubiera habido mujeres presentes en las Cortes”. Y asegura Gómez que seguramente “las cosas no habrían sido iguales” sin su presencia.

Mujeres en el escaño

A pesar del número, dos en una Cámara de unos 470 diputados (a las que se incorpora una tercera, Margarita Nelken a final de año), “fue importante por lo simbólico”. Clara Campoamor fue una de los 21 diputados de la comisión de redacción de la Constitución y tuvo un papel protagonista en los debates parlamentarios.

Su presencia “simbólicamente es una cuestión magnífica”. Campoamor convenció a su partido, el Partido Radical, de que debía estar en la comisión para defender los derechos de la mujer y de la infancia. “Asume la representación de los intereses de las mujeres, y también de los niños y de las niñas, que eran sujetos particularmente vulnerables”, prosigue Gómez. No obstante, el cambio en el marco jurídico de la mujer no se circunscribió solo a Constitución sino a la legislación ordinaria.

 

Un ordenamiento jurídico más igualitario

En los meses previos a la aprobación del voto femenino, las Cortes Constituyentes modificaron la legislación ordinaria para favorecer los derechos de las mujeres. Ente los ejemplos, destaca el cambio en la normativa sobre jurados populares -otra forma de participación en los asuntos públicos- para que las mujeres pudieran juzgar los casos de los denominados “crímenes pasionales”. “Quizá porque se percibió que la visión de las mujeres para juzgar este tipo de comportamientos no era en absoluto idéntica a la que podían tener los varones”, explica.

En el marco laboral, se ampliaron los sectores donde la mujer tenía cabida. Se abrieron las oposiciones a notario o a registrador de la propiedad, no así a juez. Y algunas normas, como la protección de la maternidad, tuvieron cierta contestación por parte de las trabajadoras, porque exigía una cotización previa.

La Constitución de 1931 reconoció el sufragio femenino activo y pasivo, pero no fue ese el único avance. Se declaró el mantenimiento de la nacionalidad si se casaba con un extranjero o la igualdad de derechos en el ámbito laboral, sustentadas en la interdicción de discriminación por razón de sexo.

El texto constitucional ya en vigor fundamentó ulteriores reformas legislativas: se modificó el derecho de familia, el penal y el laboral.

En el primero, se aprobó el matrimonio civil, el divorcio -que causó gran polémica en la sociedad de la época-, y la plena igualdad de la mujer en el matrimonio. En el derecho penal se igualaron las penas por los delitos pasionales, la violencia en el seno del matrimonio o el adulterio, diferentes hasta ese momento según el delincuente fuera hombre o mujer. Es decir, “se ven igualmente reprochables el comportamiento masculino y el comportamiento femenino”.

Y en el ámbito laboral, si bien las mujeres ya participaban de facto en los sindicatos (Dolores Ibárruri fue un ejemplo de ello), se reconoce su derecho a sindicarse sin permiso marital. Además, en la legislatura 1933-1935 se suprimió la entonces conocida como “prostitución regulada”. Es decir, “se adoptó una posición abolicionista, que había defendido e intentado llevar al texto de la Constitución Clara Campoamor”, sin éxito.

 

La participación de la mujer en la vida política española de la II República

Como ya se ha apuntado, en la primera legislatura ocuparon escaño Campoamor, Kent y Nelken; en la legislatura que arranca con las elecciones de 1933, las primeras en las que las mujeres estrenaron su derecho a voto, repitió Nelken y también fueron elegidas Matilde de la Torre, Veneranda García-Blanco, María Lejárraga y Francisca Bohigas. En el año 1936 recuperó su acta Victoria Kent y la mantuvieron Margarita Nelken y Matilde de la Torre. A ellas se unió Dolores Ibárruri y Julia Álvarez Resano.

Pero las mujeres no solo jugaron un papel activo desde el Hemiciclo, también lo hicieron con su mayor participación en la vida política y social española. De hecho, las ideas sobre qué votarían las mujeres estuvo detrás del debate sobre el voto femenino. Se hablaba del “voto de confesionario” o de un voto condicionado por el marido.

No obstante, si bien en 1933, cuando 6,8 millones de mujeres pudieron votar por primera vez, ganaron las derechas; este resultado puede ser encontrar diversas explicaciones. La propia Clara Campoamor lo desvinculaba del voto de la mujer, e historiadores han apuntado a la división de las izquierdas y la unión de las derechas como el factor clave de la victoria. Asimismo, cuando en 1936, solo tres años más tarde, las izquierdas, unidas en el Frente Popular, regresaron al Gobierno votadas por hombre y por mujeres.

 

La memoria de las diputadas

A juicio de Gómez, los trabajos parlamentarios de Clara Campoamor y Victoria Kent, en la elaboración de la Constitución, y en otras modificaciones legales como el matrimonio civil o el divorcio están bien documentados y estudiados. También son reconocidas otras diputadas como Margarita Nelken, Dolores Ibárruri o María Lejárraga, pero el resto han quedado ocultas para la Historia, y por ello, encomienda a seguir trabajando para reconstruir y reconocer su trayectoria parlamentaria.

Una vida entre la pluma y la política: Josefina Carabias, pionera del periodismo parlamentario

Una vida entre la pluma y la política: Josefina Carabias, pionera del periodismo parlamentario

Estudió derecho pero se convirtió en una de las mujeres pioneras en desempeñar el periodismo. Josefina Carabias no estaba destinada a ser periodista. Sus padres no lo eran, de hecho, procedían del campo, pero se acabaría convirtiendo en plumilla “por casualidad, como muchas de las cosas que ocurren en la vida”. Nos lo cuenta una de sus hijas, Mercedes Rico Carabias. En esta entrevista hemos repasado la vida personal y profesional de una de las primeras mujeres que ejercieron el periodismo en España y cuya figura está muy presente en la Cámara desde que, en 2018, se creó en su honor el Premio periodístico que lleva su nombre.

Hoy queremos centrarnos en la figura de esta mujer, también conocida como Pepita, el primero de sus pseudónimos, que pronto dejó de utilizar para empezar a rubricar sus textos con su nombre y primer apellido. Eso sí, “cuando se le permitía”, porque durante años y en plena posguerra, sus artículos finalizaban con un ‘Carmen Moreno’ para evitar represalias y ganar libertad, nos explica su hija, que comienza a relatarnos, con detalle y voz pausada, los primeros pasos profesionales de su madre.

 

Mercedes Rico cuenta cómo su madre, Josefina Carabias no lo tuvo fácil. “Para mi madre estudiar fue bastante difícil, se tuvo que empeñar mucho. Empezó yendo a estudiar al único colegio que había, donde se podía estudiar bachillerato, que era de chicos”. Cuando llegó a los 14 años, relata Mercedes, le empezaron a decir “que no estaba bien una chica estudiando rodeada de chicos”. 

Su madre la cambió de colegio para trasladarla a otro donde “iban las niñas más mayorcitas a coser, a estudiar música”. Pero, aún así, y gracias a su persistencia, Carabias acabaría examinándose de tres cursos para finalmente conseguir el título de bachillerato, algo poco común entre las mujeres de su época.

Este hecho fue el inicio de su vida en Madrid. Aterrizó en la capital donde conseguiría entrar en la residencia de María de Maetzu y donde encontró un ambiente completamente distinto de lo que había conocido: “ahí fue felicísima”, nos cuenta su hija.

“Había estudiado derecho, estaba terminando, y le pidieron unas notas sobre las chicas que había en la universidad” para ‘Estampa’, una revista ilustrada en la que, a partir de entonces, comenzaría a colaborar más asiduamente y se haría “tremendamente conocida” ya que “había mujeres en la prensa pero que escribían sobre cosas de mujeres, como cultura, belleza, consejos…” pero no había redactoras en plantilla.

Este primer artículo y sus colaboraciones en otros diarios como ‘Crónica’ o ‘La Voz’, junto con la entrevista que le realizó a Victoria Kent, por entonces Directora de Prisiones, serían los primeros pasos de Carabias en el oficio del periodismo. Pero no solo en prensa escrita, también colaboró en la radio. En concreto, en Unión Radiogermen de la Cadena Ser.

Carabias comenzaría a dejar huella en la política con sus crónicas parlamentarias, que firmaba en el diario Ahora. Así, pudo contar qué ocurría en las Cortes Constituyentes de la Segunda República, allá por 1931. De hecho, esto fue lo que le llevaría, años más tarde, a escribir perfiles políticos como el de Manuel Azaña.

En 1936 estalla la Guerra Civil y con ella Carabias partiría, junto a su marido, primero a Valencia y después a Francia. En concreto, a París. Desde allí colaboraba, realizando una crónica política por día, con diarios de Buenos Aires.

Con el final de la Guerra Civil se iniciaba el conflicto europeo. “Y una vez tomaron Francia los alemanes, Carabias decidió volver a España”, explica Mercedes Rico. Su marido, que había vuelto antes, estaba preso, y temía que le esperase el mismo destino. Pero, tras muchas horas de controles, “de repente aparece un falangista, de uniforme azul, y dice: tache sus labores, ponga periodista y que espere”. “Buscaron denuncias, antecedentes, algo para meterla en la cárcel y no encontraron absolutamente nada…pero eso sí, le habían prohibido ejercer su oficio”. Esta fue una de las razones, detalla su hija, por las que “tuvo que comenzar a utilizar pseudónimos: el más utilizado era Carmen Moreno”.

 

Carabias como corresponsal 

La segunda reencarnación de Josefina Carabias llegaría en 1948, cuando pudo volver a firmar. Aterrizó en ‘Informaciones’. Y, en 1951, llegaría el despegue de su carrera o, más bien, del reconocimiento profesional: el diario ABC le otorgó el Premio Luca de Tena. 

Esto “le hizo mejorar muchísimo la estima que le tenía el conjunto de la profesión”. De hecho, al poco tiempo, ‘Informaciones’ mandaría a Josefina Carabias a Alemania Occidental, en un viaje pagado por este país para contar la reestructuración del mismo tras la guerra. Allí, coincidiría con periodistas de toda Europa y escribió el conjunto de artículos de gran éxito ‘Los alemanes sin uniforme’. 

 Cuando regresó a España, ‘Informaciones’ la enviaría a EEUU como corresponsal extranjera, a finales de 1954. 

 Tras un cambio en la dirección de esta cabecera, Carabias decidió volver a cambiar de medio y aceptó la oferta de ‘Ya’, donde también trabajaría como corresponsal, esta vez, en París, donde vivió desde 1958 a 1967. 

 “Empezó a echar mucho de menos y a tener mucha nostalgia” por volver a España, recuerda Mercedes. Y en Ya le ofrecieron volver y una columna diaria, a lo que Carabias no pudo resistirse. 

 “La recibieron con mucho respeto porque era la única que había conocido las Cortes de la República y que había trabajado desde la Tribuna de Prensa de las Cortes de la República” y ella lo vivió con mucho gusto. 

Poco a poco, en esa etapa de aperturismo, llegaría la transición española. “Le encantaba ir al Congreso y así siguió hasta el año 79”. 

 Mercedes Rico acaba contándonos cómo Carabias vivió feliz esos primeros años de democracia, cómo le gustaba rodearse de la clase política para conocer in situ lo que sucedía en el Parlamento y como nunca, ni siquiera una vez alejada de los medios, colgó su pluma. 

 Josefina Carabias encarna el tesón, la sabiduría y la destreza de todo aquel que ejerce la información parlamentaria y política. Y, además, se conformó como la mujer que abrió el paso a muchas otras para que pudiesen ejercer como periodistas. 

 

Acreditación de la cronista parlamentaria Josefina Carabias