Azorín: «A Cánovas se le admiraba; a Sagasta, se le quería».
El 30 de junio de 1876, hace ahora 150 años, se promulgaba una Constitución llamada a marcar una época. Sería la norma fundamental de la Restauración y hasta este año –cuando la Constitución de 1978 la ha superado– la más longeva de la historia constitucional española, vigente durante casi medio siglo, hasta 1923.
La Restauración fue el régimen político que se desarrolló entre 1875 y 1923 bajo la monarquía borbónica. Nació tras años de inestabilidad marcados por la Revolución de 1868, el reinado de Amadeo I, la Primera República y la Tercera Guerra Carlista. Su principal objetivo fue garantizar la estabilidad institucional mediante una monarquía constitucional y un sistema parlamentario basado en la alternancia en el poder de dos grandes partidos: el conservador y el liberal.
Y detrás de aquel proyecto estuvieron dos figuras fundamentales: Antonio Cánovas del Castillo y Práxedes Mateo-Sagasta. Rivales políticos y colaboradores indispensables para el funcionamiento del sistema, protagonizaron durante décadas la vida parlamentaria española. Uno encarnó el conservadurismo liberal; el otro, el liberalismo progresista. Juntos construyeron el marco político de una etapa decisiva de nuestra historia.
Cánovas, el arquitecto de la Restauración
Sagasta, brillante orador y convencido liberal
Dos trayectorias muy diferentes
Antonio Cánovas del Castillo nació en Málaga en 1828, en una familia ilustrada de recursos modestos. Formado en Filosofía y Jurisprudencia, destacó pronto como abogado, historiador y hombre de letras. Su entrada en la política estuvo vinculada al general O’Donnell y a la Unión Liberal. Desde joven mostró una preocupación constante por la estabilidad institucional y el rechazo a la violencia como instrumento político.
Práxedes Mateo-Sagasta había nacido tres años antes, en 1825, en Torrecilla en Cameros. Su formación fue poco habitual para un político de la época: se graduó como número uno de su promoción en Ingeniería de Caminos. Tras una prometedora carrera técnica, encontró en el periodismo y en la política su verdadera vocación. Vinculado desde muy pronto al progresismo, destacó por su capacidad oratoria y su defensa de las libertades.
Del reinado de Isabel II a la Revolución Gloriosa
Durante el reinado de Isabel II, Cánovas ocupó distintos cargos de responsabilidad en gobiernos de la Unión Liberal. Participó en la elaboración del Manifiesto de Manzanares de 1854 y fue consolidando una visión política basada en el equilibrio entre las distintas corrientes liberales y en el fortalecimiento de las instituciones.
Sagasta, por su parte, se convirtió en una de las figuras más destacadas del progresismo. Desde las Cortes y desde las páginas del periódico La Iberia defendió reformas políticas y una ampliación de derechos. Su protagonismo creció hasta convertirse en uno de los colaboradores más cercanos del general Prim.
La Revolución de 1868 marcó una diferencia fundamental entre ambos. Mientras Sagasta participó activamente en el movimiento que puso fin al reinado de Isabel II, Cánovas se mantuvo al margen de la revolución y comenzó a perfilar una alternativa monárquica para el futuro.
Dos proyectos para España
Tras la caída de Isabel II, Cánovas se convirtió en el principal referente de los partidarios de la restauración borbónica. Convencido de que la monarquía podía ser un elemento de estabilidad, trabajó para el regreso de la dinastía en la figura del príncipe Alfonso, futuro Alfonso XII. Durante esos años diseñó el Partido Liberal-Conservador y sentó las bases doctrinales de un nuevo sistema político, inspirado en el parlamentarismo británico.
Sagasta recorrió un camino distinto. Durante el Sexenio Democrático fue uno de los principales defensores de la llamada «democracia coronada» impulsada por Prim. Apoyó la Constitución de 1869, basada en la soberanía nacional, el sufragio universal masculino y una amplia declaración de derechos y libertades. Durante el reinado de Amadeo I se consolidó como uno de los grandes líderes del liberalismo español.
Los arquitectos de la Restauración
La Restauración se produjo finalmente en diciembre de 1874. Aunque Cánovas había preferido una solución civil, asumió el liderazgo político del nuevo régimen tras la proclamación de Alfonso XII. A partir de entonces se convirtió en el principal diseñador del sistema restauracionista.
Sagasta, que procedía de tradiciones políticas muy distintas, acabó integrándose en el nuevo marco constitucional. Al frente del Partido Liberal, se convirtió en el interlocutor imprescindible de Cánovas. Ambos comprendieron que la estabilidad exigía la integración de las principales corrientes liberales dentro del sistema.
De esa colaboración surgió el llamado turno pacífico, mediante el cual conservadores y liberales se alternaban en el Gobierno. Especial relevancia tuvo el ‘Pacto de El Pardo’ de 1885, alcanzado tras la muerte de Alfonso XII, que permitió asegurar la continuidad del régimen durante la regencia de María Cristina.
La política del acuerdo
Cánovas concebía la política como una búsqueda constante de consenso entre sensibilidades distintas. Su pensamiento se apoyaba en la idea de que el gobierno solo era posible mediante acuerdos y transacciones dentro del marco institucional. Bajo sus gobiernos se produjo la pacificación del país tras las guerras carlistas y se consolidó la estructura política de la Restauración.
Sagasta compartía la importancia del entendimiento político, aunque desde una perspectiva más abierta a la ampliación de derechos. Defendió el liberalismo parlamentario, la libertad religiosa, los derechos individuales y la soberanía nacional. Su capacidad para el diálogo y su prestigio como orador le granjearon el respeto incluso de sus adversarios.
Gobernar desde posiciones diferentes
Como presidente del Consejo de Ministros, Cánovas centró buena parte de sus esfuerzos en consolidar el nuevo régimen político. También tuvo que afrontar desafíos como la cuestión colonial cubana, que marcaría los últimos años de su trayectoria política.
Durante los gobiernos de Sagasta se aprobaron algunas de las reformas más importantes de la Restauración: la Ley de Asociaciones de 1887, la recuperación del juicio por jurado, el Código Civil de 1889 y el sufragio universal masculino en 1890. Medidas que ampliaron los derechos políticos y modernizaron el sistema constitucional.
Dos finales, un mismo legado
La trayectoria de ambos líderes concluyó en circunstancias muy diferentes. Cánovas fue asesinado en 1897 por el anarquista Michele Angiolillo en el balneario de Santa Águeda, siendo presidente del Consejo de Ministros. Su muerte provocó una profunda conmoción tanto dentro como fuera de España.
Sagasta continuó siendo una figura central del liberalismo en los años posteriores. Le correspondió gestionar una etapa especialmente compleja, marcada por la crisis colonial y la pérdida de los últimos territorios de ultramar en 1898. Falleció en 1903, cuando aún era una de las personalidades más influyentes de la política nacional.
La Constitución de 1876, el marco de una época
Por encima de sus diferencias, Cánovas y Sagasta compartieron una convicción: la necesidad de construir la vida política a través de las instituciones parlamentarias.
La mejor expresión de ese proyecto fue la Constitución de 1876. Impulsada por Cánovas y desarrollada durante décadas por gobiernos conservadores y liberales, estableció una monarquía constitucional basada en la soberanía compartida entre la Corona y las Cortes. Su flexibilidad permitió integrar sensibilidades políticas diversas y acompañó importantes transformaciones sociales y legislativas.
Vigente durante cuarenta y siete años, hasta el golpe de Estado de Miguel Primo de Rivera en 1923, es desde este año la segunda Constitución más longeva, solo superada por la actual Constitución de 1978.
