Las 'Alegorías de las ciudades españolas', de José María Sert, tienen, en palabras del historiador del arte Antonio Bonet Correa, "un dinamismo casi cinematográfico"
El muralista catalán José María Sert, que conquistó a la alta sociedad europea y americana de la primera mitad del siglo XX, pintó en 1920, las Alegorías de las ciudades españolas, una serie que hoy decora una de las estancias más bellas del Congreso y que representan, mediante escenas teatrales y casi cinematográficas, una forma de ser.
Pero, ¿cómo llegan estas representaciones alegóricas a la sede parlamentaria? Sert las pintó para el Palacio del Marqués de Salamanca, y décadas después, a mediados del siglo XX, fueron trasladadas al Salón de Consejos del Banco Exterior de España, que tenía su sede en la Carrera de San Jerónimo, 36.
A finales del siglo XX, el edificio es restaurado y pasa a formar parte, con el patrimonio artístico que albergaba, del complejo parlamentario, como Ampliación III.
Alejada del bullicio de la actividad parlamentaria, la Sala Sert envuelve al visitante con ocho murales de gran tamaño en los que conviven la historia, el simbolismo y una visión profundamente teatral de España. Toreros, campesinos, bailaores y soldados protagonizan las escenas, aunando tradición y modernidad con “un lenguaje artístico propio”.
Un artista fuera de su tiempo
“Sert ocupa un lugar singular en la historia del arte del siglo XX”, relataba el entonces director de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, Antonio Bonet Correa, en una entrevista realizada en 2010, con motivo de una restauración integral de la obra.
Mientras buena parte de sus contemporáneos exploraban las vanguardias, “él eligió otro camino: el de la gran pintura decorativa destinada a transformar arquitecturas enteras en escenarios monumentales”, indicaba.
Formado en la Barcelona cosmopolita de finales del siglo XIX, el pintor pronto desarrolló una carrera internacional que lo llevó a trabajar para empresarios, financieros y aristócratas.
Su pintura reunía dos cualidades difíciles de conciliar: incorporaba recursos pictóricos modernos sin romper con la tradición. Una combinación que sedujo a un público singular que buscaba obras de enorme impacto visual.
Esa capacidad explica buena parte de su éxito: supo mantenerse fiel a un estilo personal mientras atravesaba las transformaciones artísticas del siglo XX. “Era un pintor que tenía los elementos de la modernidad suficientes, pero a la vez los tradicionales”, aseveraba. Su objetivo no era competir con las vanguardias, “sino construir espacios de una fuerza escenográfica excepcional”.
Entre sus obras más conocidas se encuentran los murales para el Rockefeller Center, en Nueva York, el Salò de Cròniques de la Casa de la Ciutat de Barcelona y, sobre todo, los murales para la Catedral de San Pere en Vic, uno de los grandes hitos de su trayectoria.
Tras la destrucción de las pinturas durante la Guerra Civil, el artista asumió desinteresadamente la tarea de rehacerlas, un trabajo al que dedicó sus últimos años de vida y que dejó prácticamente concluido poco antes de fallecer en 1945.
España convertida en escenario
Las Alegorías de las ciudades españolas condensan todos los rasgos que hicieron inconfundible la pintura de Sert.
Los paisajes nunca son los protagonistas. Funcionan como referencias geográficas que sitúan al espectador, mientras la verdadera narración recae sobre los personajes. Campesinos, toreros, soldados, religiosos, comerciantes o niños aparecen convertidos en arquetipos de una España histórica y popular que el artista representa con un lenguaje profundamente simbólico.
“Son esas escenas en las que nosotros encontramos representaciones de la época romántica, de los grandes hechos históricos o de los que podríamos calificar tópicos de la vida española”, apuntaba Bonet.
“Las escenas poseen un dinamismo casi cinematográfico. Los grupos humanos se entrecruzan, dialogan, se enfrentan o celebran acontecimientos como si ocuparan un inmenso escenario teatral”, añadía. Y la sensación no es casual.
Antes de ejecutar la obra definitiva, Sert preparaba cuidadosamente maquetas, construía decorados, utilizaba modelos e incluso maniquíes articulados para estudiar la posición exacta de cada figura y la compleja composición de sus racimos de personajes.
El resultado son imágenes, explicaba el historiador del arte, “llenas de movimiento, sostenidas sobre perspectivas forzadas y una calculada organización espacial que multiplica la sensación de profundidad”.
La pintura como arte suntuario
La brillantez de estas obras no depende solo de la composición. Las sanguinas fueron realizadas mediante una refinada grisalla al óleo, una técnica monocroma que imitaba el brillo de las lacas orientales y que enlazaba con el gusto decorativo de las primeras décadas del siglo XX. En ellas conviven referencias al muralismo italiano, al Manierismo, al Barroco, al Art déco e, incluso, al exotismo oriental.
Bonet destaca que el pintor dominaba el color como un elemento constructivo. Las manchas cromáticas, aunque contenidas en una gama reducida, crean volumen, profundidad y riqueza material, evocando porcelanas, tejidos, lacas y otras artes suntuarias. Su pintura no pretende ocultar su carácter decorativo; al contrario, convierte la ornamentación en el verdadero protagonista. “Es un artista en el que lo ornamental, lo decorativo, prima como forma”, subraya.
A ello se suma un extraordinario dominio del trampantojo. Mediante pliegues, sombras y efectos de luz, el artista consigue que el espectador crea estar contemplando grandes telas suspendidas del techo, cuando en realidad toda la escena está pintada sobre paneles de madera. Cada obra representa una tela, anclada a la pared por dos o tres clavos, que cae o queda recogida produciendo plegados con sombras.
Goya, una inspiración
La tradición española atraviesa toda la obra de Sert. La monumentalidad de las figuras, el dramatismo de las composiciones y el intenso juego de luces y sombras evocan la pintura, muy especialmente, de Francisco de Goya, una de sus principales influencias y que se refleja en los trazos y en algunos de los personajes. El artista hace una reinterpretación estilizada que convierte a tipos populares, escenas costumbristas y episodios históricos en un universo visual propio.
“Traspasa todo el siglo XX conociendo lo que se hace en las artes de vanguardia, pero manteniéndose siempre fiel a su estilo personal, decorativo, de gran aliento y que tanto éxito tuvo”, destacaba Bonet.
Toros, procesiones, flamenco, religiosidad, mercados o faenas populares son reinterpretados mediante un lenguaje monumental que combina historia con una sorprendente modernidad formal, evocadas en ocho visiones alegóricas de otras tantas ciudades españolas.
Ocho ciudades para representar un país
Madrid aparece dominada por el ambiente taurino. Desde un tendido se contempla la corrida mientras, en primer plano, estalla una pelea entre los asistentes. Al fondo emergen la iglesia de San Francisco el Grande y el Palacio Real. Sert convierte la plaza de toros en una metáfora de una capital bulliciosa y apasionada, donde el espectáculo continúa también entre el público.
Salamanca reúne una multitudinaria procesión que atraviesa un puente romano mientras las catedrales vieja y nueva presiden el horizonte. La composición pone el acento en el peso de la tradición religiosa y monumental de la ciudad, integrando arquitectura y ceremonial en una misma escena.
En Burgos, una pelea de gallos concentra la atención de los personajes, entre niños que trepan a los árboles y la silueta inconfundible de su catedral.
Toledo combina el Alcázar, la Catedral y el puente de Alcántara con escenas populares protagonizadas por bueyes, bailaoras y guitarristas flamencos.
Ávila se identifica por su imponente muralla, convertida también en improvisado mirador para quienes contemplan la escena. El recinto amurallado actúa como elemento escenográfico que organiza toda la composición.
Sevilla y Zaragoza se representan en dos paneles laterales a la puerta de entrada a la sala. De un lado, la actividad del puerto sevillano sobre el Guadalquivir, con la Giralda dominando el perfil urbano; del otro, los tejados zaragozanos, el Ebro, la iglesia del Salvador y la Basílica del Pilar. Dos ciudades unidas por el protagonismo de sus ríos y de sus grandes monumentos.
El conjunto culmina con el gran panel dedicado a Cuenca, probablemente el más espectacular de todos. La ciudad emerge sobre sus hoces mientras una caravana asciende por los escarpados tajos del Júcar y el Huécar. En primer término, un burro desbocado rompe el equilibrio de la composición y desencadena un tumulto de personajes que resume perfectamente la fuerza narrativa de Sert.
Más de un siglo después de ser concebidas, las Sanguinas siguen cumpliendo la función que José María Sert les otorgó: transformar una estancia en un escenario donde la arquitectura, la pintura y la escenografía dialogan para ofrecer una visión monumental de España. La diferencia es que aquel gran teatro ya no decora un palacio aristocrático, sino que se custodia en el corazón de la democracia española.
La restauración que les devolvió la luz
A finales de 2010, el Congreso decide acometer la restauración integral de los ocho paneles, para garantizar su conservación y recuperar el aspecto con los que fueron concebidos por el artista.
A simple vista, los murales conservaban toda su monumentalidad. Sin embargo, el paso del tiempo había ocultado parte de su riqueza cromática y ocasionado daños estructurales que suponían una amenaza y habían alterado notablemente la imagen original.
Como explicaba Celia Rodríguez, la restauradora encargada del proyecto, «había levantamientos en las capas, numerosos repintes de restauraciones anteriores, grietas provocadas por los movimientos naturales de la madera, y, sobre todo, un grueso barniz aplicado décadas después que, al oxidarse, había adquirido un tono amarillento que apagaba la luminosidad de la obra y ocultaba muchos de sus matices”.
La intervención permitió consolidar la pintura, reparar las grietas, eliminar los repintes y retirar el barniz oxidado. Los análisis revelaron, además, que bajo esa capa se conservaba intacto el barniz original aplicado por el propio Sert, que fue recuperado.
Se devolvió así el contraste y el efecto de trampantojo ideado por el artista. Tras consolidar la policromía, reintegrar las pérdidas de pintura y aplicar una nueva capa protectora, las obras recuperaron la luminosidad y la profundidad con las que fueron concebidas hace más de un siglo.
